EL MEJOR REGALO DE NAVIDAD

Dra. Lidia Negrete Esqueda1

1Pediatra, Capítulo León

Bol Col Ped Gto 2025;3(4):8-9

Todo parecía normal para Lulú y Toño de 8 y 9 años de edad, ir a la escuela, regresar a casa y hacer la tarea, a diario recorrían el mismo camino con su mamá Anita, atravesaban el parque con una fuente de cantera en el centro a donde llegaban los pajaritos a beber y bañarse, volar asustados hacia los árboles si alguien pasaba.

Desde hacía unas semanas las hojas caídas de los árboles formaban un tapete marrón, amarillo y naranja; un vientecillo frío anunciaba la pronta llegada del invierno. En pocos días vendrían las vacaciones y el viaje que su mamá les había prometido a la casa de los abuelitos para pasar la Navidad. Aunque eso a Toño y Lulú les producía cierta inquietud: no podrían llevar sus tabletas, esa era la condición; no había internet.  Les parecía que sería muy aburrido, tampoco verían televisión pues los padres de su mamá nunca habían querido tener una, en cambio, su abuelito tenía muchos libros.

Llegó el día y durante el viaje en autobús, por el cristal de la ventana vieron alejarse la ciudad; los árboles aparecieron cada vez más tupidos y altos: pinos cargados de piñas y encinos por donde de vez en cuando trepaba una ardilla. El aroma a pino se filtraba por la ventanilla, vieron campos verdes donde becerros y vacas pastaban.

Ya se ocultaba el sol entre las montañas pintando el cielo de naranja cuando llegaron a San Juan, un pueblito enclavado en la sierra y fueron recibidos cariñosamente por los abuelitos: Don Pedro un anciano de caminar firme y Doña Catalina, abuela Cati muy amable, peinada de trenzas y cobijada con un rebozo, una chiquillada los rodeaba con curiosidad por ver a los recién llegados.

Ese día sería la segunda posada, se dieron prisa en dejar su equipaje para acudir al portal de la casa donde había un enorme nacimiento, adornado con figuritas de cerámica, musgo y heno. Los foquitos multicolores, le daban un toque de calidez y encanto. Rezaron, pidieron posada cantando, recibieron aguinaldos y una piñata hecha de olla de barro y papel de china con figura de estrella, fue destrozada de un buen garrotazo, dejando escapar fruta y dulces para los niños que se arrojaron a atraparlos. Bebieron ponches y conversaron al calor de una fogata hasta que llegó la hora de dormir.

Foto: Lidia Negrete Esqueda

Los días siguientes, se dieron el gusto de correr por el campo, jugar a las escondidas entre los árboles, ir al arroyo donde Don Pedro pescó unas truchas que devoraron, cocinadas por la mamá y abuelita Cati. Persiguieron mariposas y observaron lagartijas tomando el sol, escucharon por primera vez a los cenzontles y gorriones, también vieron muchas ardillas.

Un día Don Pedro les anunció: después de la posada les mostraré algo especial, los espero en el portal abríguense bien. Ya estaba oscuro cuando salieron, no había luna y hacía mucho frío, la nariz y manos lo sentían mientras caminaban por una vereda hasta un claro del bosque, una lámpara de mano les alumbró el camino para no tropezar. Llegaron a una pequeña loma en un claro entre la arboleda, les invitó a sentarse en una cobija gruesa a manera de tapete que él llevó y colocó sobre el pasto, les pidió dirigir la mirada al cielo.  Quedaron impresionados, nunca habían contemplado tantas estrellas juntas, en esa noche sin ninguna luz se veían mejor y poco a poco les fue enseñando las constelaciones: Orión, la Osa Mayor y Menor, hasta pudieron ver la vía láctea. Todo era silencio, solo se escuchaban los grillos y el viento entre los árboles.  Esa noche soñaron que viajaban a otras galaxias. ¿Abuelito cómo sabes tanto? La respuesta está en los libros, en la lectura y observar a la naturaleza, contestó.

Llegó la noche de Navidad y después de la posada y arrullar al Niño Dios, lo colocaron en su pesebre, pensaron cómo siendo Dios quiso venir al mundo y nacer entre tanto frío por amor a los seres humanos; cantaron villancicos, rompieron  la piñata, luego cenaron tamales, buñuelos y atole caliente, casi se caían de sueño. La abuelita Cati sacó de un baúl una muñeca con un hermoso vestido azul y un libro de cuentos, que regaló a Lulú; el abuelito sacó de su armario unos binoculares y un libro de mapas de las  constelaciones para dárselo a Toño.  Fue una Navidad diferente que quedó grabada para siempre en su memoria, con el sentimiento de que el mejor regalo es disfrutar de la naturaleza, el tiempo y la compañía de la familia; no se acordaron de las pantallas con las que no pueden conversar tan amenamente. Se hicieron la promesa de  regresar pronto, leer más cosas interesantes como el abuelito Pedro, observar más el cielo y la naturaleza que les rodea, estudiar mucho y por qué no algún día podrían ser astronautas. FIN

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